jueves, 26 de julio de 2012

viernes, 20 de julio de 2012

El hombre que se llevó la lluvia


Llueve y el gris amenaza con quedarse. En el equipo de música “por el callejón del tinte…”. Ella está sentada frente a unos folios, los ojea sin convicción, con rutina. El sonido de una moto o un coche distante se cuela en la habitación. Las gotas persisten. En el equipo de música el piano protagoniza su parte, “…por tu amor me duele el aire…”, mientras el colio agita sus hojas con delicadeza al tacto  del invierno.
Al otro lado de la calle la fachada sostiene una parabólica de vía digital que rompe con la arquitectura, cuarentera y funcional, que caracteriza al barrio. Antes no había parabólica. Vivía otra familia y el padre un día se suicidó. Pero esa es otra historia. “…valdrá por tu boca existir, amor…”.
Los dedos se arrastran por el mástil del bajo a diez por ocho, mientras en el portal cuatro Damián toma notas bajo su blanco paraguas. Sólo se deja ver los días en que este objeto se generaliza como complemento. Hay quien dice haber visto las anotaciones de Damián, siempre cosas relacionadas con el mundo del paraguas: desde una inagotable lista de colores y tamaños, hasta un exhaustivo inventario, en dibujos, de las empuñaduras, verdaderas obras de arte siempre cubiertas por el  embalaje de las manos.
Unos pájaros pían incansables. Se alojan en el conducto de ventilación de la cocina. El baldosín perforado amplifica el sonido unos segundos, hasta que la lavadora lo silencia. En verano abandonan el hueco y hasta el otoño no vuelve a ser habitado. Algo así ocurrió en el piso de la parabólica.
Ella continúa inmersa en sus folios.
huele a perfume barato…” y a tierra mojada. Quien dice conocerlo, a Damián quiero decir, cuenta que su paraguas es blanco porque la lluvia se ha ido apoderando de su color original. Mi madre dice que eso son habladurías, que la gente se inventa cosas para entretener sus vidas y que, además, jamás ha visto a nadie junto a Damián, si es que ese es su nombre.
La lluvia ahora es más intensa. Los sueños de Stolzman crean una nueva atmósfera. Las gotas percuten en la ventana y ambas voces se funden.
Damián sigue abajo, no puedo decir si se ha movido. El instrumento con el que anota continúa esbozando trazos. Me dan ganas de coger los prismáticos, como en esa película tan famosa… pero yo no tengo prismáticos.
Podría bajar e intentar charlar con él. ¿Qué le preguntaría? Lo primero su nombre, claro. O decirle directamente ¿Se llama usted Damián? Así romperíamos el hielo y quizás fuera el comienzo de una gran amistad.
Me asomo de nuevo, esta vez de forma indiscreta. Su mano se ha detenido. Ahora mueve la cabeza hacia arriba. Me está mirando. Quiero esconderme, pero ya es inútil. Levanta su mano con decisión y me envía un saludo. Yo le respondo de la misma manera. Es patético, me digo, mientras me imagino a mí mismo viéndome desde abajo. Él vuelve a su tarea y yo a la mía, que es huir del tedio de los días de lluvia.
Por el horizonte el cielo amenaza despejado. Un rayo de luz choca contra la fachada de enfrente y acaba con el mate de los días sin sol. Ella retira por primera vez sus ojos del grueso de papeles y me sonríe con ternura. Me asomo pero Damián ya no está. Ya me lo advirtieron: Damián sólo sale los días de lluvia.

miércoles, 4 de julio de 2012

Mientras colocabas tus muebles...


... yo arrastraba mi equipaje.
Confiamos en que cuatro pies
dieran un paso
y en mi mano dejaste una llave
que tan solo abría media puerta
y la mía comenzó a poner pegas.

Bastó un segundo
para que nuestras bocas,
repletas, enmudecieran.
Bastó un abrazo
para que nuestras lenguas
no se enredaran
con la torpeza de las palabras.

sábado, 30 de junio de 2012

viernes, 29 de junio de 2012

Con sumo cuidado


Detrás de trastos nuevos
hago de urraca discreta
gastando tiempo y espacio
que bien podría carecer
de forma, de contenido,
pero no me resisto.

Castañean mis piernas
si me asomo a este abismo
de garantías y ofertas
empeñadas en hacerme
enfermar de anhelo crónico,
necesidad y ahogo.

viernes, 22 de junio de 2012

Femme tenant un livre, 1932






Entre sus dedos descansa
un libro de cubierta verde,
ligeramente entreabierto.
En su regazo, los dedos
presos de la mano,
descansan libro y trama.

Sobre un sillón rojo sentada
la dama estriba su brazo
en el brazo rojo
y su mejilla en la palma.

Sin pensar en lo que observan,
con la mirada perdida
y el rostro al este,
sus ojos nos hacen ver
que está en actitud reflexiva.
Me pregunto si es Pablo
en quien piensa o si anda
inmersa en el relato.

A su izquierda,
de la pared pende un marco
que alberga un rostro,
podría ser cuadro o espejo,
o bien retrato o bien reflejo,
tanto de ella como de él.

Una gasa ligera de trazos
envuelve su abdomen,
cubriendo sin ocultar
el hemisferio sur de ambos senos,
el rubor de sus pezones.
Me pregunto si piensa en Pablo
como Pablo piensa en ella.

Seguí observando a la dama
con el descaro del que mira
sin ser visto.
Habrá quien piense que la dama
en cuestión es puta,
no quisiera pecar de listo,
pero no incita al deseo,
ni destila erotismo la postura.

Una bata azul templa su cuerpo,
poco después se irá a la cama.

jueves, 21 de junio de 2012